Lo que se conoce como “cibernética”, que surgió en la década de 1940 en Estados Unidos, es “la ciencia del control y la regulación”, en palabras de Norbert Wiener (subtítulo de su primer libro sobre cibernética), con todas las implicaciones autoritarias que plantea el uso de la palabra “control” cuando se aplica a un modelo de sociedad. Es un sistema mecánico que modela la inteligencia humana y, en última instancia, pretende reemplazarla. Una idea que antes se limitaba a predicciones futuristas y ciencia ficción.
A principios del siglo pasado, es importante señalar que dos modelos competían para simular el funcionamiento del cerebro humano. Por un lado, un modelo derivado de la teoría de la Gestalt: una “caja negra” de estímulo-respuesta diseñada para explicar el comportamiento de los seres vivos. Por otro, un modelo que busca replicar las redes neuronales que componen el cerebro humano.
El primer modelo se basa en la metáfora de la máquina; es el enfoque conductual el que sirvió de punto de partida para la investigación que dio origen a la cibernética. El segundo modelo se basa en la metáfora del organismo.
Existe una cibernética basada en máquinas y una cibernética orgánica.
Una computadora puede verse como un sistema cibernético “mecánico” con entradas y salidas, activado por algoritmos, cuya invención se atribuye a Alan Turing.
En la exposición, las obras de Hélène Fauquet (el caparazón funciona) (conchas marinas dispuestas de diversas maneras dentro de marcos idiosincrásicos) se yuxtaponen con los “fósiles” tecnológicos que son las computadoras de la colección del Museo de Datos (que data de la década de 1950 hasta el presente). Las obras expuestas se alternan con ordenadores colocados sobre mesas. Esta yuxtaposición incongruente nos obliga a repensar lo que pertenece al ámbito de lo vivo y lo mecánico en ambos lados.
Nos perdemos en conjeturas entre las formas de las conchas y las de las cajas, estuches, teclados y carcasas de computadoras, entre marcos y pantallas, y luego a nivel metafórico, como contenedores y sus contenidos.
Hélène señala que los moluscos tienen un órgano especial llamado “manto”, una especie de tejido blando que rodea su cuerpo y produce la concha. El contenedor y su contenido parecen coproducirse mutuamente. Así como las computadoras y los algoritmos son interdependientes y se construyen mutuamente.
Otro punto para la reflexión es que aprendemos que el efecto nacarado de las conchas no proviene de un pigmento sino de una superficie que codifica información visual.
Una pantalla es una interfaz que hace visible la información decodificada por algoritmos.
Estos procesos de cogénesis entre la concha y el molusco recuerdan el concepto de transindividualidad de Gilbert Simondon o el concepto de autopoiesis de Francisco Varela y Humberto Maturana. El molusco en sí se construye capa por capa; “Es un objeto calculado por los vivos”, subraya Hélène Fauquet. Toma forma consigo mismo de manera continua. Según Simondon, la noción de forma debe ser reemplazada por la de información si se evita el modelo emisor-receptor de la teoría de la información. Estos modos de pensar sobre la ontogénesis y la transducción nos permiten considerar el papel de la información en los seres vivos. Se apartan de la cibernética de Wiener, que Simondon describe como “reduccionismo tecnológico”.
Para Varela y Maturana, los seres vivos son sistemas autopoiéticos (que se generan a sí mismos), máquinas que operan dentro de circuitos y redes cerrados. Se trata de una especie de cibernética de segundo orden que toma como modelo la vida. Al igual que Simondon, Varela y Maturana evocan la idea de la posición del observador en diferentes niveles.
Es curioso darse cuenta de hasta qué punto la aparición de las obras de Hélène Fauquet –con el telón de fondo de estas computadoras, que son reliquias tecnológicas– nos hace suspender nuestras formas habituales de pensar sobre estos artefactos en un espacio no dedicado al arte.
—Catherine Caballero
en el sistema operativo de dominio público, Hedehusene
hasta el 19 de julio de 2026
Credit Post By: Mousse Magazine